martes, 26 de mayo de 2020

Obdulia Taboadela Álvarez. Empatía, feminismo y política para el cambio.


Obdulia Taboadela fue y es mi maestra. 
Tuve la suerte de disfrutar sus clases de Sociología del Trabajo (que siempre aterrizaba de los textos a la realidad) y de trabajar con ella en una investigación. Y digo Con ella y no Para ella, porque siempre me hizo sentir así, parte importante de un proyecto. De hecho, recuerdo que insistió en que las novatas becarias apareciéramos en la publicación como autoras, fiel en su empeño por la justicia y por no apropiarse del trabajo ajeno. Desde su posición de maestra me abría, nos abría, una nueva forma de entender el poder, las relaciones sociales y las desigualdades.



Nació en Madrid el 22 de noviembre de 1964, en aquel baby boom español en el que la capital recibía a hijos e hijas nacidas del éxodo rural y el desarrollismo de la época.

Soy la segunda de cinco hermanos y hermanas. Mi padre tenía tres trabajos, como correspondía a ese padre de familia numerosa, y mi madre era ama de casa. Tuve eso que llaman una infancia feliz donde mis padres me aportaban seguridad, cobijo y amor, así como una transmisión oral potentísima de valores de izquierda fundamentada, en parte, en la biografía de mis abuelos maternos y de mi madre que vieron como el franquismo truncaba una parte de sus vidas. 

Sus abuelos maternos eran de Ourense. Vivían su ideología de izquierdas con los riesgos del momento. Su abuela tenía un carácter muy fuerte, algo opacado por la arrolladora personalidad de su abuelo, que tras el golpe de Estado de Franco decide pasar a la acción y se alista en el ejército republicano. Como era un intelectual, se dedicó a enseñar a leer y a escribir a los soldados, además de ayudar a pasar a muchas personas, principalmente judías, que huían hacia Estados Unidos del régimen de Vichy y de la Alemania Nazi a través de Francia y Portugal.  Pagó su compromiso político con huidas, monte y una condena a muerte, de la que se libró por una confusión de los franquistas en el día de su detención que le ayudó a escaparse. Se fueron a Madrid, primero huyendo y luego ya el régimen les dejó estar, aunque a costa de su carrera académica. Los Jesuitas del Colegio San Ignacio de Madrid lo acogieron y dio clases de lenguas clásicas y literatura hasta su jubilación, por lo que Obdulia crece entre poesía griega y latina e historias de solidaridad internacional. 

Siempre contaba que fue un soldado que nunca tuvo un arma ni pegó un tiro, pero llegó a ser comandante de las guerrillas culturales. De las historias que contaba cuando era pequeña, recuerdo que hablaba de esos abrazos fraternales que se daban cuando los refugiados alcanzaban la frontera y estaban a salvo; no se entendían porque hablaban lenguajes diferentes, pero ese era el abrazo de la solidaridad. Esa ideología de izquierdas inoculada a través de mis abuelos, de mi madre y de mi padre me hizo tener un compromiso ideológico muy temprano.

La ideología comunista y socialista de su familia chocaba con la educación que recibía en los colegios privados religiosos en los que se educó. Sus padres escogieron esta educación ya que en ese momento tenían unos estándares de calidad más altos y más horas de clases; aunque no siempre pudieron pagarla y Obdulia y sus hermanos/as terminan su escolarización en la pública.

La educación pública era carne de cañón dirigida a que los hijos de los obreros aprendiesen las reglas básicas. Yo ya viví esa primera contradicción, con mis compañeras afectas al régimen y con una vida mucho más fácil en el sentido económico que la mía, así que muy pronto también entendí lo que eran las desigualdades sociales y me enfrenté a eso que llaman las clases sociales.

La fortaleza de las mujeres de su familia, especialmente su madre, marcó profundamente su carácter e ideas. 

Mi madre era feminista. A pesar de ser nacida durante el franquismo y no trabajar fuera de casa, era una mujer muy moderna, muy adelantada para su época y de ideología muy abierta. Para que te hagas una idea, fue con quién fui yo a mi primera charla de educación sexual al centro de Planificación Familiar del Partido Comunista. Esa era mi madre. Nos hablaba mucho de sexo, de política, de fuerza y de mujeres; mi crianza fue siempre feminista e igualitaria. Tuve la suerte de crecer en una familia donde no se hacía distinción entre mujeres y hombres, ni para las tareas domésticas, ni para los valores que se transmitían, ni para la relación con el otro sexo, ni para el sexo. Ese era el tipo de cosas que yo notaba que eran diferentes a las vidas de mis amigas y mi entorno, pero que ellos lo vivían con mucha naturalidad. Mi padre siempre acompañó a mi madre, ayudaba en casa a pesar de que casi nunca estaba.

Manifestándose por la igualdad, un 8 de marzo

El contexto en el que creció, con una familia moderna de izquierdas que chocaba con una escolarización y sociedad muy conservadora, le despertó el interés por entender la organización social y las causas y consecuencias de las desigualdades. 
Su abuelo le heredó su gusto por los libros y aprender; de su padre tomó la bondad y la claridad sobre lo que está bien y lo que está mal, pero es a su madre a quien le debe más de su personalidad.

La fuerza, la seguridad en mí misma. Esa condición de criarnos orgullosos de lo que éramos a pesar de nuestras dificultades y, sobre todo, a pesar de ir en contra del mainstreaming. Porque era muy difícil para una niña llegar a casa y decir, mamá: ¿por qué vosotros no sois religiosos? ¿por qué criticáis a Franco? ¿por qué pensáis de forma diferente? ¿por qué tenemos menos dinero que las niñas de mi clase? Vivíamos contra el mainstreaming y, sin embargo, nos enseñó a estar orgullosos de nosotros mismos y de ir con la cabeza muy alta siempre defendiendo en lo que creíamos, nuestras ideas.

En 1982 comienza a estudiar Sociología en la Complutense. Tenía 17 años y se vivía en España la transición.

Era lo que más se parecía a lo que yo quería hacer en la vida y lo que quería aprender. Es verdad que también tenía ya cierta vocación docente. Justo ese año ganaron los socialistas y me quedé sin la mitad de los profesores porque muchos fueron al primer gobierno de Felipe González. Estudiaba por la tarde porque por la mañana trabajaba en una casa cuidando a unos niños y ayudando en la limpieza. Había que colaborar en casa; daba todo el dinero porque hacía falta. Me gustaba mucho ir por la tarde porque me gustaba más la gente mayor que la de mi edad; todos trabajaban. Disfrutaba muchísimo de las clases, teníamos profesores excelentes y era un ambiente muy estimulante. Era todavía la transición y se estaba consolidando la democracia, había un ambiente de discusión sobre el modelo de Estado, el modelo de país. 
Un momento interesantísimo para estar en la universidad ya que, además, estábamos accediendo por primera vez los hijos de la clase trabajadora de forma masiva. Todos esos babyboomers accedíamos a la universidad y eso cambió la vida de este país para siempre, sin duda. Probablemente sea uno de los hechos más radicales, la creación de esa clase media funcional que son hijos de clase trabajadora y que han accedido, a través del mérito y los estudios, a una posición de clase en la que sus padres nunca hubieran soñado.

Pasa una juventud comprometida, no afiliada a ningún partido, que la llevó a participar con un NO en el referéndum de la OTAN (1986) y en las variadas manifestaciones de aquella época. El ambiente universitario de la facultad de sociología, sin duda, seguía en la línea ideológica de su infancia.
La universidad le marca profundamente. 

Yo me sentía una privilegiada por efecto de clase y por efecto de género. Sentía que éramos sujeto en la historia, dicho en términos cuasi marxistas. Que estábamos ahí para cambiar este país; teníamos derecho, pero también una obligación de ser sujetos del cambio. Ese compromiso colectivo lo recuerdo mucho más que el individual. Saber que estábamos ahí haciendo un país nuevo entre todos; que se necesitaba gente con preparación intelectual y con capacidad de discernimiento para para hacer este país mejor.

Con alumnado y profesorado en la UDC en 2001

Acabó la universidad en 1986 con 21 años y, entre tanto, ya se había casado (a los 18), vivido en Salamanca y divorciado (a los 21). 

Mi madre dice que tiene bastante claro que era por salir de casa, porque realmente ya me quedaba muy pequeña y necesitaba vivir más. Me casé con mi primer novio. Mi madre me hizo prometerle que no dejaría los estudios. A mí me resultaba tan lejano... pues los estudios eran lo más importante de mi vida; el estudio ha sido el amor de mi vida.

Se graduó el mismo año que se separó, con mucho apoyo de su familia. Volver a casa de sus padres no era una opción para ella, por lo que se puso a trabajar. El sociólogo Ángel de Lucas[1] y algunos profesores más como Jesús Ibáñez[2] montaron un curso de posgrado en técnicas cualitativas y cuantitativas de investigación que Obdulia hace.

Enseguida empecé a encontrar trabajo de analista cualitativa en el mercado de la publicidad, que estaba creciendo muchísimo y las empresas necesitaban muchos técnicos de marketing. Y ahí estaba yo, trabajando de freelance, decidiendo hacer la tesis y aplicando para una beca.

Consigue una beca predoctoral, de las primeras becas de formación de personal investigador financiadas por el Estado. En ese tiempo inicia una relación de pareja con un hombre que se convertirá en el padre de su hija, con el que se casó en una de sus estancias de investigación en Estados Unidos.

Fueron unos años muy divertidos, los felices 90. Madrid bullía, seguía bullendo, yo me sentía la reina del mambo. Si algo de verdad me define como persona es la suerte que he tenido siempre, y esa época fue una época muy feliz de formación, aprendizaje y de pasármelo muy bien. 
Yo me especialicé en sociología industrial y del trabajo, y decidí hacer la tesis sobre el sindicalismo en la transición. La dirigió Víctor Pérez Díaz[3], pero el que me orientó más fue Juan Jesús González[4]. Saqué la tesis en el 1992, 6 años más tarde; la leí embarazada de cuatro meses de mi hija. Me sentí muy satisfecha de haber logrado ser doctora. Eran unos años en los que era muy fácil entrar a universidad comparado con ahora, porque toda esa creación de universidades y de alumnado llegando a la universidad había aumentado exponencialmente las necesidades de personal. Allí mismo, en el departamento de la Complutense donde hice la tesis, logré mi primer contrato, muy precario, de asociada. 
Ya había dado clases esos años, viajado al extranjero en estancias cortas de investigación, había estado dos veces en Estados Unidos, impartido clases en Inglaterra, publicado en revistas de impacto..., tenía un bagaje bastante notable. 
Era lo que yo quería; siempre he querido hacer muchas cosas en la vida, la he exprimido. Será que pienso que esto de vivir es un privilegio y hay que sacarle todo el jugo posible. Y bueno, tuve la suerte de tener compañías que no me hicieron sacar el jugo por el lado equivocado, porque es verdad que en esos años era bastante fácil equivocarse de bando.

Embarazada de su hija se embarga de sentido de realidad y piensa en mudarse a vivir a A Coruña, de donde era su compañero,pensando que allí él tendrá más oportunidades laborales y estabilidad que en la capital.  

Es verdad que no me tiré a la piscina.  Estaban abriendo la Facultad de Sociología de A Coruña y ahí vi mi oportunidad. Me presenté a una plaza de Estructura Social y no la conseguí esa primera vez. “Los renglones torcidos que escriben derecho”, porque crié a mi hija unos meses.  Es verdad que no me sentía muy a gusto con esa tarea porque yo quería trabajar, pero hubiese hecho la burrada de no pillarme ni baja maternal si hubiera llegado a entrar. Cuando Bea tenía 9 meses saqué la plaza titular interina en la UDC, en el 93, y en el 95 fija. Esos saltos hoy serían imposibles pero entonces era relativamente sencillo, y José Luis Veira lo hizo muy bien porque desde el primer momento quiso una facultad con empleo estable. De hecho, fue cuando entramos todas Rosa[5], Ana[6], Carmen[7], Antón, Vicente, de titulares y los que no entraron de titulares era porque no tenían la tesis.  
Entonces fui la mujer más feliz del mundo por tener un trabajo bonito y una hija sana. Disfruté muchísimo esos primeros años de docencia y Beatriz fue una niña encantadora, no dio ningún problema en la crianza.

Obdulia y Beatriz, su hija

Con 28 años era madre y con 31, tras una estancia de trabajo en Cuba, en agosto de 1995 se separa.  No puede abandonar la vivienda hasta que en marzo de 1996 un juez en dicta las medidas provisionalísimas. 

Entonces todavía existía la figura del abandono del hogar que te quitaba derechos para la custodia. Tuve un divorcio complicado porque peleamos en los tribunales durante dos años por la custodia. Finalmente se arregló y Bea creció prácticamente en custodia compartida con su padre, pero manteniendo yo la custodia principal y el eje de la transmisión de valores. Tuve suerte de tener bastante trabajo también al margen de la universidad y poder ir haciendo cosas para sacar a Bea adelante sola.

Separada, con su familia en Madrid, la red de amigas y el padre de su hija fueron esenciales para conciliar vida profesional y personal. 

Siempre que llamé a su padre para pedirle que se quedará con Bea, aceptó. Y luego la red de amigas, una red informal de cuidados brutal. Y un trabajo privilegiado, dado que salvo las horas de clase el resto del trabajo lo podía justificar en casa. Bea iba a clase con un horario parecido al mío, de 9 a 17h más las actividades extra-escolares que realizábamos en el grupo informal de cuidados. Siempre procuraba que los fines de semana que tenía a Bea vinieran amigas para compensar un poco a todos esos amigos y amigas maravillosos que cuidaban de mi hija durante la semana y cuando yo estaba de viaje, y también para que creciera en tribu. Ha pasado también mucho tiempo dibujando con Lucía, la secretaria del departamento; la dejaba un ratito mientras daba clase. Porque eso sí, nunca he dejado a los estudiantes sin clase porque, al fin y al cabo, un artículo podía esperar o un trabajo de campo, pero las clases era un compromiso ineludible. También iba bastante Madrid y la dejaba con los abuelos. Cuando tenía más trabajo le decía “mami, ¿por qué no te vienes 15 días?”, y era una maravilla claro, trabajaba sin culpa, sin agobios, todo eso que nos pasa a las madres. 

Clase magistral en Brasil

Esos años de profesora universitaria fueron muy felices. En la universidad tenían muy buen ambiente.

Éramos muy compañeros; muy compañeras sobre todo.

En 2004, a punto de cumplir 40 años, da un volantazo en su vida y comienza su etapa política.

Me entró una crisis de cambio de las que han manejado mi vida, esa pulsión que tengo al cambio. Llevaba colaborando unos años con el Partido Socialista, lo que se conoce en el mundo político como una simpatizante. Me había alejado de Izquierda Unida desde los tiempos de Anguita y me sentía más a la izquierda del Partido Socialista. Entonces Javier Losada me ofreció ir en la lista con Paco Vázquez en el 2003, pero le dije que no. En 2004 me llamo otra vez para ser subdelegada del gobierno y le dije que sí. Tenía ganas de cambiar, de gestionar, era el momento de dar otro salto mortal. 
Fueron los tres años mejores de mi vida profesional junto a los primeros de la Universidad; disfruté muchísimo, me gustó muchísimo mandar, ejercer el poder de una manera democrática. Me gustó la gestión y ver cómo la política podía cambiar cosas. Además, fue el primer gobierno de Zapatero del que me sentí muy orgullosa; hicieron leyes como las de igualdad, la regularización de inmigrantes, la ley contra la violencia de género, la ley de dependencia…, leyes que fueron realmente un hito de los derechos sociales en este país. Todos los días era decir “qué bien, de qué me voy a sentir orgullosa hoy de este gobierno”. Aprendí muchísimo, aprendí mucho del funcionamiento de la administraciónEn el 2007 me presento a las listas de concejala y empiezo a trabajar en el Ayuntamiento de A Coruña; las áreas que me tocaron fueron áreas complicadas. Tuve algunos problemas serios de salud en ese mientras tanto y eso, de alguna forma, influyó en mi estado de ánimo y en mi visión del trabajo. 
El caso es que en el 2011 decidí regresar a la universidad, pero me costó bastante adaptarme de nuevo. Siempre con el gusanillo ese que se me había inoculado de la política. Hasta que la oportunidad llegó en el 2019 cuando salí elegida senadora, pero la alegría duro poco porque en la repetición de elecciones me quedé fuera. Me dio mucha pena porque me imaginaba que a los 54 iba a dar un triple mortal de los que me gustan; pero sigo sintiéndome una privilegiada con un buen trabajo.


En 2012 se casa con el que es su compañero desde hace casi 25 años.

En la vida universitaria no sintió especial machismo, aunque es cierto que los puestos de dirección siguen copados por más hombres. Pero en su desempeño como política, sí pudo constatar las barreras que sufren las mujeres.

Solamente las leyes y las cuotas están cambiando las cosas y, aun así, hay que hablar de una triple cuota de género. Porque la cuota de la presencia ya está garantizada en política por la paridad en las listas, pero faltan dos cuotas todavía que son los retos: la cuota de la permanencia y la cuota de la híper élite. Primero, repetimos mucho menos que ellos; hay estudios objetivos dónde se ve que sistemáticamente en todos los parlamentos regionales en España y en nacional el índice de repetición de las mujeres es mucho menor, es decir, que llegamos pero no repetimos. Probablemente porque también vamos en menos puestos de salida, aunque ahora ya también hay partidos (como el PSOE) que obliga a la paridad también en puestos de salida. Y la tercera cuota es la de la híper élite, es decir, si estamos realmente dónde se manda de verdad y ahí todavía no hay tanta presencia femenina. Es un trabajo que tenemos que permanentemente seguir haciendo las mujeres y los hombres que nos quieran acompañar, que espero que sean todos o casi todos. Como nadie cede soberanía gratis hay que hacerlo por las buenas o por las regulares. Soy una defensora a ultranza de las cuotas y de las medidas coercitivas para que donde no hemos podido llegar porque no nos han dejado, tengamos la obligación de estar.
Esta última etapa en la política noté que cuando hacía alusión al machismo la gente se quedaba un poco en shock ya que creen que con las cuotas ya está todo hecho, y no. Por eso es necesario que mientras ellos no lo piensan por sí mismos lo hagamos las demás a través del cumplimiento de las leyes. 

Hablar de diferencias en el ejercicio del poder en política de mujeres y hombres le resulta un tema complejo.

Este es un tema siempre resbaladizo y chirriante porque si dices que gobernamos de otra manera parece que tenemos un eterno femenino, y si no lo hacemos parece que nos estamos queriendo parecer a los hombres. Entonces es un tema del que entro y salgo no sin dificultades. 
Creo que en general las mujeres somos más negociadoras; probablemente porque estamos más presentes en el ámbito de los cuidados y los cuidados tienen algunas características y el de la negociación es uno de ellos, así como el afecto.  Así que esa negociación y no imposición creo que nos sale más fácil por una cuestión de experiencia. Ellos sienten más facilidad para un sistema de ejercicio de poder más autoritario; el nuestro es más cooperativo, más dialogante. Cuando dices que te gusta mandar o que te gusta el poder, dicho en una mujer suena raro y a los hombres se les da por supuesto. Nosotras tenemos que decir que queremos estar ahí para hacer lo que hacen ellos, que es cambiar las cosas desde el ejercicio del poder. 


Sobre la prevalencia de la sororidad o la competencia entre mujeres...

He encontrado más sorodidad; a lo mejor la competencia es más es un tema de empresa privada. En la universidad no hemos competido con nadie que no seamos nosotras mismas, y en la política mis compañeras han sido compañeras. Desde luego, si tuviera que ajustar cuentas sería más con varones que con mujeres. Tuve apoyo y crecí con ellas y sin embargo sí tuve zancadillas de hombres. Es mi experiencia, no sé si será casual, pero no he visto mujeres tan competidoras como para no sentir empatía; quizás también porque yo me relaciono con mujeres de izquierdas y no se les ocurre decir esas gilipolleces del mérito y de que sólo llega la que vale igual.


Sobre su balance y aporte en su carrera profesional.

No me siento muy orgullosa de mi carrera académica, aunque creo que he sido una persona honesta en el sentido de transmitir a los y las estudiantes una forma de entender el mundo que tiene que ver con la igualdad y con los valores de la solidaridad y la justicia, a través de la sociología. Hacer entender por qué el mundo es desigual y cómo puede ser un poco más igual; y al final siempre llega la política, obviamente, para cambiar este mundo. 
En la carrera política creo que gestionaba bien. La época del ayuntamiento fue muy complicada pues había un conflicto abierto y yo hice, creo, una buena negociación. En la época de la subdelegación, de lo que sí me siento orgullosa es “darle un toque femenino”, y esto tiene que ver con lo que hablábamos antes (aunque me siento un poco incómoda diciéndolo). Los jefes policiales me tratan con afecto y yo sé que imprimí "un algo" a lo que no estaban acostumbrados. Por ejemplo, preguntarles por sus hijos, cómo se sentían, una relación un poco más amable. Ellos sabían que yo mandaba, no hacía falta todo el tiempo estar demostrándolo, sino todo lo contrario, hacer un ejercicio de la autoridad más cooperativo, más basado en una escucha activa, de fiarme mucho de lo que ellos me decían, por eso yo creo que esa forma de entender el poder era un poquito diferente a lo que estaban acostumbrados. 
Me gusta la cercanía, no me gusta la distancia social. Siempre procuro sonreír; yo creo que mejora el mundo, mejora el mío desde luego. La amabilidad mejora el mundo y hay que tratar de ser amable casi todo el tiempo. También tengo una mala leche que no me cabe en el cuerpo cuando toca, pero en general, yo creo que si pones un poco de amabilidad en el mundo, el mundo te lo devuelve. 

Lo que más ha marcado su vida…

La maternidad, obviamente, es lo "más para siempre" que hay. Pero no me vino así de entrada, o sea, la construcción de la maternidad. Diría que ha sido un proyecto en proceso en el que no siempre me sentí muy orgullosa. Me ha costado algunos años pero ya me voy reconciliando, y ahora mismo es lo que más me llena, esa sensación de amor infinito que tengo hacia mi hija. Muy bonito, no lo cambio por nada. 

Obdulia y su hija
El mayor orgullo…

Las relaciones que he ido construyendo a mi alrededor. Puede decirse que trato de construir "pequeñitos mundos amables" cerca de mí. Es una cosa muy pequeña, pero lo pequeño es hermoso.

Lo más difícil…

He tenido tanta suerte en mi vida que no sabría qué decirte. Quizás porque me olvido en seguida de las cosas malas y eso es una ventaja. El ser optimista está lleno de ventajas, no sé por qué la gente no quiere ser optimista. 

Y ¿cómo te gustaría acabar?

Hablando de las mujeres, que no debemos rendirnos. 
La sociedad cambia, la sociedad occidental ha dado enormes pasos de gigante si comparamos el presente con la vida de nuestras madres y abuelas, pero todavía hay mucho por hacer. Mi hija tiene que ser más igual de lo que yo he sido y, por tanto, todavía hay camino para recorrer para la Igualdad. Y esa igualdad la tenemos que hacer también de la mano de los hombres, porque si conseguimos ser iguales al otro 50% pero en el camino nos separamos de ese 50% no vamos a conseguir nada bueno, o al menos no tan bueno como ir de la mano. Les pediría a ellos más implicación. Me da igual que asuman la igualdad como una obligación, pero que caminen de nuestra mano y que esa lucha no se convierta en una guerra, que eso depende de ellos. Que vuelvan al sitio donde nunca han estado que es el hogar. Nosotras hemos hecho el camino hacia fuera, ellos tienen que hacer el camino hacia dentro porque sin corresponsabilidad no habrá igualdad. Nosotras debemos ser pacientes con ellos, en la medida de lo posible, en ese camino. 


Fuerte, optimista, comprometida, Obdulia envuelve el mundo en amabilidad, sonrisas y acción, con la política como medio para mejorar la vida.

[3] https://elpais.com/cultura/2012/07/05/actualidad/1341522976_332388.html; https://eprints.ucm.es/28727/1/Peque%C3%B1a%20bibliografia%20de%20Angel%20de%20Lucas.pdf
[5] Rosa Cobo Bedía, reconocida feminista española.  https://es.wikipedia.org/wiki/Rosa_Cobo_Bed%C3%ADa  
[6] Ana de Miguel Álvarez, reconocida feminista española https://es.wikipedia.org/wiki/Ana_de_Miguel
[7] Carmen Lamela Viera, doctora en sociología destacada en migraciones y urbanismo



sábado, 25 de abril de 2020

Autoretrato



María es luminosa. 
Bueno, no siempre, sólo cuando se siente luminosa. Cuando es así, es muy fácil verla esté donde esté. 
Habla alto, se mueve mucho, sonríe. Tal vez sea por eso tan visible. 

Cuando le falta luz se ve mucho más pequeña y gris, así que es prácticamente imposible identificarla entre la gente. 
O eso cree ella.

Siempre le ha gustado que la identifiquen como la gallega feminista. Así pasó en Francia, Italia, Portugal, Marruecos,  Honduras, Mauritania. 
Pero cambió en México. No sabe muy bien por qué. Tal vez el ambiente laboral, aunque  puede ser que se acerca los 42 o  que el terremoto la hizo sentirse muy vulnerable. 
O que le faltan amigas en la ciudad y a María le gusta sentirse protegida por otras mujeres. 
Seguro que es por un mix de factores que le hacen sentir menos segura de quién es. 
Con menos luz.

Tiene una hija que nació el mismo día que Simone de Beauvoir (le encanta pensar esto). Ixchel, como la diosa maya del amor y las mujeres. 
A María le gusta mirarse en Ixchel. Verse de niña. Encontrar esas cosas que la estupidez de crecer nos hace perder. 
Ixchel le parece increíble.

Es muy exigente. Demasiado. Con todo. 
Con ella también. 
Esto hace que transite siempre del ahora al mañana y no pare. 
Sabe bien que tiene que parar. Que hay que descansar y simplemente no hacer nada. Pero sigue poniéndose retos y obstáculos para estar siempre en movimiento.

Le encanta estudiar. 
O tal vez no le guste no saber, no lo tiene claro. 
Y su trabajo toca tantos temas diferentes que la tienen en una actualización permanente, pero poco profunda, que no le permite sentirse completamente segura.

Le gusta sacar fotos. 
En ocasiones no ve nada tras su objetivo.


Texto realizado en el taller impartido por la fantástica Lidia Luna, Narrativas y otras Lunas.  https://narrativasyotraslunas.ning.com/talleres/la-voz-de-las-mujeres-01-19

domingo, 5 de abril de 2020

ya que estamos


Tal vez el refugio haya sido siempre la soledad.
Tal vez la respuesta haya sido siempre el silencio.
Tal vez el destino del viaje haya sido siempre el interior.

O tal vez no. 
Pero ya que estamos, 
disfrutemos.

sábado, 21 de marzo de 2020

Tu forma de amar



Esa tu moderna forma de amar

Sin preguntarme cómo estoy. Sin saber cómo estoy.

Sin compartir momentos, palabras, risas, fiestas, lecturas, fotografías, mensajes de voz, charlas al teléfono.

Problemas, miedos, alegrías, muertos, amores, nacimientos, sabores, locuras, derrotas, retos, dolores, placeres, llantos, deseos, recetas, amigas, viajes, cafés, cervezas,....................................................................................................

Sin compartir vida. Sin crear vida. Sin proyectar vida.


Esa tu moderna forma de amar

no encaja con mi conservadora forma de sentir.

domingo, 26 de enero de 2020

Guadalupe Martínez: fuerza de ancestras, amor y continua (r)evolución



Guadalupe Martínez Pérez, Lupita, cuenta su vida a través de sabores, texturas, colores y sonidos. Y yo, atenta, entro en las escenas que me proyecta.  Algunas que saben a dulce,  otras a amargo. Todas saben a fuerza.




Nació el 1 de agosto de 1971 en la tierra de su madre, Tepeji del Río, en el estado mexicano de Hidalgo. Es la mayor de 6 hermanos, tres mujeres y tres hombres.

Cuando era niña mi mamá se enfermaba mucho, así que una parte yo la pasaba con mi abuelita.  Me gustaba andar con ella y a ella andar conmigo.  Yo era muy platicadora y preguntona y mi abuelita siempre me contaba muchas historias del pueblo, de cómo se vivía antes, de como se hacía la comida.  Molía el metate para hacer una sopa, molía el jitomate…a ella le gustaba mucho la cocina y me enseñaba a cocinar. “mira, eso no se hace así”, “no muelas así, hazle despacito”. Era muy elaborada en sus comidas a diferencia de mi abuela paterna, que tuvo 9 hijos y era muy práctica, comida más rápida. Había una diferencia de sabores, texturas y olores, hasta el tamaño de las tortillas. 

Su padre es descendiente mazahua del Estado de México.

Mis 2 abuelos hablaban mazahua;  yo nunca lo aprendí, pero sí aprendí que era esa la lengua de mi familia paterna. Era reflexionar que ellas hablaban un idioma, pero que no querían que yo lo supiera. No querían porque la lección que habían aprendido era mucha discriminación, que les dijeran que hablas en un idioma perro, hablabas un idioma que la gente no entendía.

Lupita tiene muy presentes a sus ancestras, como su bisabuela que escondía niñas durante la revolución para que no se las llevaran los soldados.
A los seis años se mudó a Nicolás Romero, Estado de México, pues sus padres compraron un terreno allí.  Esto la separó de su abuela materna, con la que había vivido hasta entonces y tenía una relación muy cercana.

Era una pequeña casa en puro campo. No había luz ni agua. Mi mamá le decía a mi papá que no quería vivir ahí porque no había agua, pero él le aseguró que él se ocuparía siempre de eso, y sí fue cierto; cada vez que mi mamá pedía, mi papá iba a por un tambo de agua que era a 2 km andando por el cerro y luego subir con el agua. Era pesado, pero mi papa no se quejaba. Y luego nosotros queríamos ir con él y llevábamos una cubetita o un bote.
A mi mamá no le gustaba vivir allí y lloraba mucho, adelgazó mucho y se enfermó. En ese momento mi papá le dijo que si no era feliz ahí podíamos irnos, pero mi mamá reflexiono y pensó que para sus hijos sería mejor vivir allí, en su casa, y renunció de irse a otro lugar. Mi mamá en ese momento se dedicaba sólo a la casa; estábamos mis dos hermanos, José y David, y yo y mi hermana pequeña, Nora. Me gustaba. Podía observar muchas cosas en el camp, ver animales silvestres, era impresionante ver el campo lleno de luciérnagas por la noche. Los sonidos de insectos, arriboritas, grillos, camaleones…  y jugaba en los árboles con mis hermanos. 

Cuando tenía 7 años su madre empieza a trabajar fuera de casa y, además, pasa en el hospital temporadas debido a su frágil salud. Llegaba a la 1 a casa y Lupita salía para la escuela, caminando 2 kilómetros entre lodo. Además, como su madre era enfermera, ganaba un sobresueldo atendiendo a los y las vecinas. Su padre trabajaba en una fábrica de vigilante y cuando estaba en casa sembraba maíz, calabacitas, maguey,... Dado que estaba al cargo de sus hermanas y hermanos, el pequeño llamaba a Lupita mamá, algo que ella detestaba.
A esta edad comienza a darse cuenta de que es una niña, a tomar conciencia de las desigualdades de género

Mis papás me decían que como yo era la mayor me quedaba  al mando de la casa cuando no estaban. Me acuerdo un día que teníamos mucha hambre y, como yo estaba acostumbrada a estar con mi abuelita mientras cocinaba, dije, no es difícil. Me subí en un banquito, puse la olla y empecé a recordar como yo veía hacerlo a mi abuelita. Imaginando que mi abuela me decía lo que tenía que hacer. A veces mi mamá nos dejaba frijoles, tortillas… y yo preparaba la comida. Nosotros nos íbamos acostumbrando a que no estaban y jugábamos mucho. Y ya de repente yo me acordaba de que había bebé y le daba la mamola, o el plátano. A veces hacía mis tareas, a veces no…mis cuadernos rallados porque mis hermanos me ayudaban a hacer las tareas. Así que no era una alumna brillante que se diga. Nunca reprobé pero tampoco fui destacada.

Los abusos sexuales que sufrió de niña también le hicieron tomar conciencia de que era una niña, así como de las desigualdades y violencias específicas de su sexo.

Como a los 7 años unos vecinos abusaron de mí y tomé mayor conciencia de que era niña, de que no era igual a los niños. Tuve mucho miedo y no le dije a mi papá y mi mamá. Es como que en la mente fue muy duro para mí y no sabía cómo decirles. Cuando fui adulta, estuve en terapia y me di cuenta de que el único lugar en el que me gustaba estar era la escuela porque era seguro y  podía ser una niña. No tenía que pensar si le di bien de comer a mis hermanitos, si le había cambiado el pañal o no, si se habían caído o no…



La escuela se fue convirtiendo en su lugar favorito, pues allí podía ser niña y sentirse segura. Así pasó la primaria y la secundaria. Sus hermanos/as iban creciendo y, aunque la dinámica familiar seguía con ella a su cargo, se distribuían algunas tareas.

Éramos muy traviesos también, pero nunca decíamos quien había hecho la travesura, así que mi papá nos pegaba a los 3.

Al salir de secundaria dijo a sus padres que quería seguir sus estudios en una preparatoria (Educación Media Superior).

Tenía 15 años. Preparé el examen y reprobé, entonces me quedé sin ir un año a la escuela.

Aprovechó ese año para tomar clases de guitarra y mecanografía y, al año siguiente, aprobó el examen y entró en bachillerato. Su padre le daba dinero para cubrir el transporte y le conseguía los libros que le pedían.

El bachillerato me gustó, mucho. Me sentía más libre. Y los maestros ya hablaban otras cosas que en mi ranchito no había. Como yo iba a turno vespertino, tenía compañeras/os más grandes que ya trabajaban, no eran hijos de papá y de mamá. Y tenía amigas a las que no les daba tiempo a hacer la tarea y yo hacía su tarea y a veces me pagaban. Casi siempre tuve amigas chicas, los chicos no quería ni que se me acercaran, ni tener novio. Me acuerdo mucho de un profesor de historia que me gustó mucho como explicaba la historia de México. Había sido víctima del 68[1]; me gustaba mucho como era su lucha y como transmitía el conocimiento. Los profesores siempre nos animaban para estudiar, a no querer ser sólo obreros. Entonces decidí que iba a estudiar la universidad.

Estudiando el bachillerato, una amiga le recomendó un curso de náhuatl (una de las 68 lenguas indígenas habladas en México) que se impartía los sábados. Para hacerlo necesitaba dinero y su padre sólo podía darle para el transporte.

Entonces, lo que ocurría en mi vida desde que estaba chica, es que con mi mamá cuando necesitábamos dinero vendíamos cosas. Una tía nos enseñó a hacer empanadas y yo iba a las casas y vendía. Luego mi papá, como trabajaba en unas fábricas, pues traía medias y calcetas y yo las vendía muy bien.

Y así aprendió a hablar y escribir náhuatl y a encontrar en las lenguas y la antropología su pasión. 

Para mi buena suerte el profesor que enseñaba ahí era Delfino Hernández, hablante de la lengua, que ha sido uno de los mejores profesores de la lengua náhuatl del SXVI. Yo tenía 17. Un día dijeron que iban a dar un taller de paleografía (técnica que consiste en leer los documentos, inscripciones y textos antiguos y en determinar el lugar del que proceden y el período histórico en el que fueron escritos) y me dijeron que como yo era una alumna de náhuatl adelantada, pues que podía ir aunque aún estaba en bachillerato. Era muy bonito, tenía unos compañeros y compañeras más mayores. Yo vi que antropología me gustaba. 

Estudiando el bachillerato su padre empezó a tener un comportamiento violento, especialmente con su hermano pequeño, lo que le llevó a Lupita a tener una fuerte discusión con él.  Decide independizarse de su familia e inicia su trayectoria de comunicadora.

Empecé a pensar en qué trabajar si me quería ir. Ya estaba acabando los cursos de náhuatl y un amigo me dijo que estaban buscando en la radio a una persona que hablase esta lengua y me animó a presentarme a las pruebas. Hice la prueba e inmediatamente me dijeron que me contrataban, que iba a trabajar los lunes en radio educación a las 5 de la mañana. Yo bien emocionada, pero me decía ¿cómo voy a llegar si apenas hay camiones? Entonces un amigo me dijo que tenía un cuarto en el que me podía quedar. Era 1992 y pueblos indígenas de todo el mundo venían a México a un encuentro y yo tenía que hacer la presentación. ¡Cuándo vi a toda esa gente casi me da algo!
No sabía nada de radio y ellos me enseñaban. Me enseñaron como hacer entrevistas, como grabar… ahí empieza mi época de comunicadora. Y luego me dijeron que en la tarde había un programa a las 10 de la noche, si quería participar. Vieron que tenía buena voz y me dieron a traducir las noticias al náhuatl.  Hacía entrevistas en las comunidades, editaba las cintas de carrete abierto, cortando, todo eso muy bonito. Fue muy bello. Me pagaban por programas y me daba para vivir. Edité horas y horas de música, de programas, fui locutora también. Yo a todo decía que sí porque me gustaba. La radio me ha dejado todo: amor, dinero, energía, conocimiento… Después me invitaron a hacer un programa de música que me encantó y en el que conocí gente que ahora es muy famosa. Y un día unos amigos propusieron meter un programa de radio, lo metimos y ganamos. Ahí hicimos un programa que se llamaba “perfiles indígenas” (estuvimos 2 años al aire) y otro que se llamaba “tierra prometida”, que era sobre migración. Ganamos el premio de periodismo Walter Reuters de Alemania por mejor programa. Hicimos otros programas de derechos humanos y ganamos un primer lugar con la Comisión Nacional de Derechos Humanos. Eso me encantaba. 17 años de todo este trabajo.



Con 19 años termina el bachillerato y en ese tiempo se enamora. A los 24 años se va a vivir con su compañero y a los 26 nace su hijo, Ocelotl. A su compañero no le gusta que salga y ella, para no discutir, deja de trabajar y se aleja del mundo de la radio. Cuando su compañero, que era herrero, se queda sin trabajo, ella vuelve a trabajar.

Empecé a dar clases en el centro cultural José Matí de lengua náhuatl. Llegué a tener hasta 400 alumnos/as, una locura. Me llevaba mi bebé. Luego mi compañero comenzó a decirme que no diera clases, que era una soñadora y yo, para no pelearme, lo dejaba. Entonces me dije que tenía que buscar otros trabajos. Tenía 27 años.


En ese tiempo se produjo un episodio de maltrato por parte de su compañero y decidió separarse. No se llevó de esa casa nada más que la ropa que portaba y a su hijo. Se fue a casa de su familia.  Ahora era aún más necesario trabajar.

Entonces sí me las vi muy difícil porque no encontraba trabajo. Además, él limitó mucho mis redes de amistades, algo difícil de recuperar. Así que yo pensé ¿qué se hacer? Pues sé cocinar. Y me fui a trabajar a unos restaurantes; era bien pesado. Hasta una vez que voy yo paseando porque me mandaron ir a traer pollo para un restaurante y veo ahí “clases de historia”. Y dije, me voy a meter a clases de historia los sábados antes de ir a trabajar.

Asistió un año a esas clases, cuando le propusieron que diera clases de náhuatl pagándole lo mismo que ganaba en el restaurante. Se propuso ahorrar  durante un tiempo con los dos trabajos y  dejar el restaurante. De esta forma podía ver más a su hijo, ya que trabajaba sólo el fin de semana. Empezó a pensar qué podría hacer. Por casualidad, le llegó información sobre un curso público de maestras de preescolar en el que te formaban durante 6 meses trabajando con un modesto salario. Ella había trabajado previamente como voluntaria en su comunidad dando clases a adultos y de primaria. La aceptaron en el curso y comenzó.

La escuela estaba en Coyoacán, así que tenía que salir a las 5 de casa. Lo primero que me dijeron es que si le gritaba a un niño/a quedaba despedida; esa era la primera regla de esta escuela. El horario era de 9 a 14h y por la tarde podía tomar cursos. La directora era muy metódica, bellísima, de ella aprendí mucho. Cuando pasaron los 6 meses me ofrecieron trabajo allí y acepté. Pasé de ser auxiliar a solo dar las clases de náhuatl y convencí a la escuela de que era posible hacer un programa de radio con el alumnado.

Cuando la directora de la escuela en la que trabaja se jubila la recomienda en otra escuela. Su hijo podía ir a esa misma escuela, lo que facilitaba la conciliación.

Los viernes su papá iba a buscarlo a la escuela y se lo llevaba el fin de semana y yo era ya china libre. Y entonces los sábados me invitaron a trabajar en la radio de la organización Asamblea de Migrantes Indígenas y el domingo trabajaba en radio educación, y en eso ocupaba mis fines de semana.
En el trabajo en la escuela aprendí como tratar a mi hijo y a pensar que cosas no quiero repetir que vi en mi infancia. Ocelotl era un niño tan gentil, el me acompañaba a las clases que daba. Le ponía en la cobijita; muchos de mis alumnos/as le regalaban cosas, lo estimaban mucho.

Su hijo iba creciendo y cuando, empezó la primaria, decidió cambiarlo de escuela inicialmente y dejar el trabajo después.

Renuncié al trabajo con toda conciencia. Yo estaba muy agradecida y contenta con la escuela, pero yo quería encontrar un trabajo que me permitiese ver a mi hijo. Como yo ya estaba de encargada de radio en la asociación, decidí meterme más fuerte y ver cómo me podían pagar y seguir con radio educación.  Era poco de dinero pero medio nos alcanza. Cuando no me alcanzaba el dinero, tenía un amigo que vendía café y me pidió que le ayudara. Me pagaba 500 pesos a la semana e iba a ferias.
Yo siempre traté de llevar a mi hijo a todos lados donde yo iba, hasta que él entró a secundaria y me dijo, ya no mamá.
Es muy divertido tener un hijo, porque como que aprendes cosas de tí. Hay cosas que no sabes y que te divierte en verlo en él. Como ver a un hijo que le gusta la música de cricri, de repente me dice que le gusta el hard core. Cambios de un hijo y cómo tú vas creciendo. Él y yo siempre estuvimos en el diálogo todo el tiempo. Y si yo le hablaba duro, lloraba, era muy sensible, se impactaba inmediatamente.

Su hijo crecía junto a ella. Cuando él estaba en la secundaria, Lupita gana una beca para ir a estudiar Derecho de los Pueblos Indígenas a España y Suiza y sus padres se quedan con su hijo. En estos seis meses de estudio se convence de que debe ir a la Universidad.

Ahí tenía 36 años y mi hijo 13. Me acuerdo que cuando regreso él entra en secundaria y yo consigo un trabajo en el gobierno del Distrito Federal para organizar unas redes de mujeres. Entonces, estoy trabajando y un día que me mandan a revisar cómo iba un convenio con la Universidad del Claustro. Como se retrasaron en atenderme miro las licenciaturas y veo “derechos humanos y gestión de paz”.


Quiere realizar estos estudios pero la universidad es privada y ella no tiene dinero suficiente para pagarlo. Se lo plantea a la directora y, dado que ella sería la primera mujer indígena que estudiaría en la universidad, le animan a hacer la prueba de ingreso y le ofrecen facilidades para estudiar a un costo menor.

Y nuevamente me pregunto ¿de qué voy a vivir? Porque el trabajo que tengo ahora es en la mañana y esto es en la mañana, voy a ser estudiante otra vez y no puedo trabajar. Entonces voy y renuncio otra vez a mi trabajo. Recordé a David, que conocí en Deusto y que trabajó en el Alto Comisionado y en la cooperación. Él me preguntó un día  ¿y tú por qué no has estudiado? Y yo le dije que tenía un hijo que no podía dejar y que no tenía más ingresos que el mío, así que o estudio o trabajo. Y él me dijo: te puedo ayudar si quieres. Entonces le escribo una carta y le digo: David, te tomo la palabra, voy a estudiar una carrera, solo tengo que pagar las inscripciones que son cada 4 meses y es un costo de 3000 pesos, los libros y eso lo puedo pagar yo. Entonces me responde y me dice: sí Guadalupe, con mucho gusto. Él estuvo en Jamaica, en África… y me mandaba dinero para pagar la escuela.

Además de la beca de la Universidad y la ayuda de su amigo, trabaja en informes por los que le pagan. La universidad se convierte en su oficina.

Trabajaba allí mis tareas y los trabajos y si alguien me quería ver, pues le citaba allí. Entraba a las 7 de la mañana en la Universidad y a las 7 de la tarde salía. Le dije a mi hijo: voy a trabajar mucho, si necesitas algo me dices para hablar con los maestros y pedir permiso. No estaba en la misma condición que mis compañeros, ellos de 20 y yo el doble casi. Afortunadamente casi todos los maestros a los que les pedí alguna vez un permiso me dijeron que sí. Encontré un trabajo los fines de semana para pagar lo de mi hijo y los transportes. Esa etapa fue muy fuerte porque mi hijo terminó secundaria e iba a la preparatoria y yo iba a la universidad. 

Termina la universidad y su hijo está en preparatoria. Su hijo pasa muchos cambios, tiene un desengaño amoroso y empeora sus notas en la escuela. Lupita se da cuenta de que ya no puede tratarlo como un niño y modifica algunos aspectos de su relación con él, aunque estando muy cerca y colaborando con la escuela e integrándole en sus actividades.

Él nunca supo que yo estaba trabajando con su escuela. Y yo hablando con su papá, tienes que verlo este y este día, tenemos que ver a nuestro hijo porque está mal. Entonces él lo llama todos los días, lo busca, va por él. Ayudamos a que nuestro hijo sanara. Entonces un día me dice que tiene ganas de dibujar y empezó a hacer dibujos bellísimos. Le empieza a ir bien y empieza a hacer los exámenes, y los pasa como si nada, yo feliz. Él sabía que lo queríamos mucho.

Además de trabajar en algunas actividades en las que participa Lupita, su hijo empieza a trabajar en una tienda de barro y comienza a estudiar antropología en la universidad. Lupita sigue con sus trabajos y militancia con organizaciones de mujeres, en la Coordinadora Nacional de Mujeres Indígenas, en la Alianza de Mujeres Indígenas de Centroamérica y México-AMICAM[2] (en la que fue fundadora y coordinadora regional).

En 2004 empiezo a trabajar con organizaciones de mujeres pero siempre ligada a mundo indígena. Casi conozco toda América Latina por trabajar en derechos de las mujeres indígenas y eso te permite ver otras cosas, ya no es un país, no es tu lugar, es algo más grande.

En su intensa labor de defensa de los derechos de las mujeres indígenas es consciente de la doble discriminación que sufren y en lo importante de que tomen la palabra para contar su realidad e historia.

Me di cuenta de que todo el mundo escribe sobre los indígenas, las indígenas, los documentos antropológicos siempre son desde una perspectiva no indígena. Entonces yo me dije, para que se democratice esto nosotras también tenemos que escribir, porque siempre otros cuentan, relatan, pero nosotras no relatamos en primera persona. Mi postura nace en 2004, en una reunión en la que nace, justamente, la Alianza de Mujeres Indígenas de Centroamérica y México Me preguntaba ¿qué vamos a hacer nosotras? ¿Quiénes vamos a escribir? Entonces me piden que me haga cargo y me digo que  tenemos que aprender a escribir. Por ese tiempo la  Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza-UICN[3] me pide que cubra una reunión en Bangkok. La UICM es una unión mundial sobre la naturaleza, donde participan gobiernos, organizaciones, universidades….UNIFEM, la actual ONU Mujeres, me paga un boleto y les hago un informe sobre la situación de las mujeres indígenas en el tema de tierra, territorio y derechos de las mujeres.  Muestro que en las resoluciones sobre pueblos indígenas no se tiene en cuenta a las mujeres y menos el género. Y en las demás resoluciones no se tiene en cuenta a los pueblos indígenas. Entonces, en una reunión de varias mujeres del mundo que trabajan en agencias de Naciones Unidas y otras, una persona dice: pero si las mujeres indígenas no saben ni leer ni escribir, ¿cómo van a participar aquí? A mí eso me indigna mucho. Me acuerdo que ahí estaba Itzá Castañeda del PNUD y dijo: “no digan eso, porque aquí están”. Yo levanto la mano y digo: “disculpa compañera, esa es tu apreciación, pero no es así”.


Estaba en esa reunión con 2 compañeras mexicanas, así que se juntan y deciden que tienen que  demostrar que tienen la capacidad de escribir y aportar desde las mujeres indígenas. Entrega el informe que UNIFEM le había pedido.

Lo mando a UNIFEM y me preguntan quién me ha ayudado, a lo que les respondo que el informe lo he hecho yo y que sólo me han ayudado a editarlo. Ese informe aún está en la organización, aunque sin mi crédito, pero está ahí y fue nuestra relatoría. Para mí fue muy importante haber hecho eso, pero también ver las reacciones de las otras personas. A partir de ahí me empezaron a invitar para otras cosas. 

Inicia, con la Alianza de Mujeres Indígenas de Centroamérica y México esta aventura internacional de reivindicar los derechos de las mujeres indígenas y visibilizar su situación y condición, darles voz.  Necesitan capacitarse para opinar y defender sus posiciones en los diferentes espacios. 

Entonces mi organización organiza un diplomado en derechos de las mujeres y derechos de los pueblos indígenas para identificar en qué espacios podemos hacer incidencia, cabildeo, vinculación. Montamos un diplomado desde la Alianza, con la doctora Mirna Cunningha -nicaragüense que viene de la revolución y primera mujer rectora de Huracán, el primer campus donde van mujeres mayores a estudiar por primera vez -, Otilia Lux de Coti -una de las mujeres que trabajó en la comisión de la verdad analizando más de 5000 casos sobre el genocidio en Guatemala-,  Nina Pacari - que fue ministra en Ecuador. Son las que forman la organización en la que estoy, la Alianza de Mujeres Indígenas de Centroamérica y México, en la que hay una serie de mujeres indígenas muy fortalecidas a nivel mundial que se movilizan, y yo estoy allí aprendiendo en permanente. Organizamos el diplomado, sin remuneración, con la Universidad Autónoma de México.Nos peleamos mucho para que fueran maestras indígenas. Se logra eso y durante 9 años hemos podido dar ese diplomado.

 

Y así, con el liderazgo de Lupita y otras mujeres, escriben artículos, cubren eventos nacionales e internacionales, organizan formaciones, publicaciones.

La primera vez me dije ¿cómo voy a hacerle? Tengo miedo, ¿qué decir? Afortunadamente estaba Mirna y otras compañeras.
He participado más de 10 años en el Foro Permanente de las Naciones Unidas para las Cuestiones Indígenas[4], he participado en otros países con reuniones de gobierno, he seguido la agenda internacional indígena, he sido maestra de la Universidad de Deusto entre otras, hicimos un informe para la CEDAW, para la CIESWW… El informe más difícil para mí es uno de violencia militarizada en América Latina; escuchar testimonios, leer informes, documentos….fue muy fuerte, amanecía toda nerviosa. Y después ir a hablarlo en un grupo de expertos y ver una situación ya no de América, sino del mundo, de otros lugares. Me ha dado mucha experiencia el estar con relatores y relatoras. Me invitaron también a estar en el grupo de trabajo interagencial de Naciones Unidas, y ahí tienes que tener claro los asuntos no solamente para tu país, sino de otros países.
El cabildeo, hablar con otras personas en la diplomacia, yo lo aprendí ahí. Sabes qué quieres, que te puede dar el otro, y ver si puede pasar. Una llega ahí por todas las compañeras, así que la Alianza ha sido una escuela para mí para aprender.

Combina todo este trabajo de militancia internacional con otros trabajos y la crianza.

Mi hijo me siguió todo el tiempo. Él llegaba y preguntaba ¿y ahora que viste? Contarle cosas, el aportar de sus pensamientos. Y vas aprendiendo como él te ve diferente a otras mamás. No sólo por el trabajo, también porque  yo me voy a las 5 y él se tiene que levantar a las 6 y desayunar e ir a la escuela, y no está su mamá.  Nunca perdió la escuela. Cuando empezó a trabajar igual. Ahí está el reloj, tienes que trabajar. Paralelamente él iba aprendiendo y hacía tareas de casa.

Y con todo ese Know-how  nace NOTIMIA, la AGENCIA DE NOTICIAS DE MUJERES INDÍGENAS Y AFRODESCENDIENTES[5], una agencia de noticias internacional que pretende dar mejorar las capacidades para la comunicación de las organizaciones de mujeres indígenas y Afro para dar voz a las mujeres que, por la doble discriminación, han sido históricamente invisibilizadas.


En la Alianza decimos: ¿cómo queremos que nos sigan viendo? ¿como mujeres pobrecitas, las que no pueden? ¿cómo nos vamos a ir narrando como sujetas de derechos? La única forma es haciendo una agencia de noticias. Es un eje temático y que se va a desprender de una alianza de mujeres indígenas y que tiene una nueva naturaleza que ahora tienen que ver con los medios de comunicación. Nace NOTIMIA, y su mamá es la Alianza.

En 2018 deja la coordinación de la Alianza de Mujeres Indígenas de Centroamérica y México, para centrarse en NOTIMIA, actividad que combina con su trabajo sobre participación política de las mujeres, contra la violencia, dando clases en varias universidades nacionales e internacionales, (Oaxaca, Deusto…), talleres en diferentes estados, organizando encuentros feministas…

Con el movimiento feminista trabajo desde 2010. Con las feministas se pueden discutir muchos temas fuertes en los que nos podemos juntar, y hay temas en los que no nos podemos juntar. Además hay muchos feminismos, pero algo que me gusta mucho es yo trabajo con todas.
 Desde la alianza decidimos hacer un tribunal de conciencia de mujeres indígenas donde pongamos en evidencia como se han llevado casos de mujeres indígenas y cómo el estado no ha resuelto. Entonces hablo con las feministas y proponen hacer un tribunal en el que quepamos todas, no solo indígenas y convencemos a varias feministas  de los estados de México. Rastreé todos los tribunales que se han hecho de mujeres.  El primero es en Tokio en 2000 con las mujeres que habían sido abusadas en la II Guerra Mundial usadas como “mujeres de consuelo”, así las llamaron. Las mujeres hicieron esa acción para visibilizar los abusos y que  los tribunales son muy masculinos y además confrontan, empezaron a aplicar una metodología de exhibición para tener incidencia. Otro tribunal muy fuerte fue el tribunal de Guatemala. Aquí en México lo montamos en 2014 y fue muy fuerte. Invitamos a amigas de otros países  y a nuestro tribunal llegaron 600 mujeres. Llevamos casos de desaparición forzada, feminicidio, abuso sexual, periodistas… Los testimonios son muy fuertes y acabas agotada, descorazonada.

Gracias a este Tribunal se retomaron algunos casos desde las instituciones públicas, haciéndose justicia.

Yo creo que sí hemos hecho nuestro trabajo. Digo, no yo como Lupita Martínez, sino con una serie de compañeras que hablamos de fortalecer la identidad, de no sentir vergüenza de quienes somos. Porque hay un problema, si nosotras no hablamos nuestra lengua es porque a nuestros papás se la prohibieron o les dijeron que estaba mal. Y, de repente, ahora nos vienen: qué bonito su idioma, háblelo.
Soy fundadora de la Escuela Itinerante para la Formación de Mujeres Afros y de la Cátedra de Mujeres Afros en Oaxaca. Esos proyectos los impulsamos nosotras porque venía con toda una experiencia de haber sido parte de la Universidad Indígena Intercultural del Fondo de Pueblos Indígenas, del FILAC (Fondo para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas de América Latina y El Caribe).Entonces las mujeres afro, que muchas son mujeres afro e indígenas, decimos hacer una escuela itinerante ya que no tenemos presupuestos para que ellas se desplacen, así que vamos nosotras. Sale escuela y después fundamos la cátedra.

Y así Guadalupe Martínez ha pasado la vida ejerciendo sus derechos y reivindicando los de todas durante toda una vida, su historia, repleta de resistencias, sueños y persistencia.

Me siento muy orgullosa haber concluido la universidad 20 años después de mi tiempo joven. Me siento orgullosa de haber presentado informes internacionales (que son míos y de mis compañeras). De que hayamos tenido un diplomado durante 9 años. De haber trabajado en radio tanto tiempo. De ver que se va dejando huella en nuestras organizaciones de ese Tribunal. Me siento orgullosa de todas mis compañeras de NOTIMIA, que son brillantes, y de que NOTIMIA esté ahí como vehículo para lo que nosotras realmente queremos, que es una universidad de mujeres indígenas.

Me siento orgullosa de mi familia, de mi hijo. Porque me he dado cuenta de que los hijos e hijas de muchas compañeras no tienen ni idea de lo que hacen. Y esta historia es muy bonita. Y digo esto porque mi hijo murió hace unos años en un accidente. Y en toda esta historia en que me acompañó 21 años mi hijo tengo claro que siempre renuncié a los trabajos para estar con él, y no me arrepiento, y sé que él entendió todo lo que hacía y me acompaño. Y es algo que creo que es importante, que las mamás compartamos con nuestros hijos lo que hacemos y que en cualquier trabajo que hacemos hay una fuerza inspiradora en la familia, para que armonices en nuestro universo. Ahora más que nunca estoy contenta de haber pensado: quiero pasar más tiempo con mi hijo y renuncio a este trabajo, porque quiero verlo crecer y tengo que inventarme qué hacer para verlo.
En este momento estamos en NOTIMIA, en la creación de una agencia de noticias indígenas única en el mundo. Ojalá nazcan otras, porque se necesitan. Y porque una agencia es una fuente, no son solo noticias, es una fuente generadora. Y las hacen quien la integra. También gracias a todas mis ancestras estoy aquí, en este viaje de vida.

 Lupina y su hijo Ocelotl

Resistente como un cactus, de habla dulce, Guadalupe es un ejemplo de constancia y aprendizaje continuo. Aprender tejiendo redes con otras, para lograr un mundo mejor para todas. Con y Para, desde el feminismo y los derechos humanos.



[1] El 2 de octubre de 1968 se produce en Ciudad de México la Matanza de Tlatelolco, brutal represión del m
ovimiento estudiantil.
[4] Órgano asesor del Consejo Económico y Social (ECOSOC). El Foro fu establecido el 28 de julio de 2000 por la Resolución 2000/22, con el mandato de examinar las cuestiones indígenas en el contexto de las atribuciones del ECOSOC relativas al desarrollo económico y social, la cultura, el medio ambiente, la educación, la salud y los derechos humanos.